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EN CARTÉL | CARTELERA DE CINE
Una Historia Violenta

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MAX Jueves 20 de Abril a las 21:20 Hs.
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Por Martín Giacone

En su película más convencional, moderada y accesible —algo que debe ser interpretado únicamente en términos comparativos—, Cronenberg deja de lado el componente fantástico, abandona su aberrante imaginario orgánico-tecnológico y se despoja de toda aquella poesía esteticista que nos sumergía en los rincones más insanos y sórdidos de la mente. Pero debajo de este manto más realista y austero, donde los males que sacuden al hombre tienen un aspecto menos grotesco y evidente, el responsable de títulos como “La mosca”, “Pacto de amor” o “Spider” vuelve a indagar en las obsesiones temáticas que han venido vertebrando su obra: la metamorfosis y la crisis de identidad del individuo, la herencia genética, las pulsiones sexuales más incómodas y las contradicciones morales de una sociedad incapaz de digerir su propia naturaleza.
Antes que nada, una recomendación: no dejen que les expliquen demasiado sobre una película que tiene entre sus mayores virtudes la capacidad para sorprender constantemente al espectador, sembrando la inquietud a partir de lo más cotidiano. Porque si su potente arranque parece prometernos un thriller de psicópatas criminales con sabor al “A sangre fría” de Truman Capote, a continuación burla nuestras expectativas introduciéndonos en una postal de la América interior sospechosamente amable donde no faltarán los personajes arquetípicos asociados al paisaje, para, acto seguido, dar un vehemente giro hacia el cine de acción más desabrido, que a su vez cede paso a una suerte de fábula moral donde nuestro protagonista transita de un estatus de héroe popular con tintes “frankcapranos” a falso culpable sobre el que pesa la sombra de una duda muy hitchcockiana que se remonta al pasado... Y aquí no se acaba todavía la cosa ni mucho menos. Cronenberg emplea la normalidad, lo establecido, como vehículo para ir introduciendo un elemento insospechado y turbador, y componer así una profunda disección dispuesta a socavar y transgredir los pilares del Sueño Americano: el héroe y la familia. Por eso, el aspecto más interesante de esta película perversamente inteligente no son los distintos eventos que se van sucediendo, sino la solidez y precisión con que recoge las reacciones de ese entorno adulterado. Asistimos a la deconstrucción de una familia donde el rechazo y el temor hacia el otro —mediados por esa moralidad tan arraigada como poco práctica frente al dilema— se ven superados incluso por el rechazo y el temor hacia uno mismo. La historia se beneficia de unos personajes perfectamente construidos, ricos en conflictos y matices, y sometidos a una progresiva evolución, pero sobre todo de un guión donde cada silencio y cada gesto están llenos de contenido, y nos avanzan la tempestad que está a punto de estallar. En definitiva, el cine adulto —y esta película merece ser considerada entre esas escasas excepciones que la cartelera nos brinda— no lo es porque trate problemas adultos, sino porque no tiene problemas para tratar a los adultos como tal. Cabe preguntarse si el espectador recogerá el testigo y se formulará la pregunta que en última instancia se nos plantea: ¿por qué disfrutamos tanto con la violencia sobredimensionada en una pantalla?
Que todo esto sea posible depende principalmente de la excelente labor que Cronenberg ejerce, no sólo como eficaz narrador sino como un director de actores capaz de ceder a éstos la entidad que les corresponde. Desde el principio, con ese brillante plano-secuencia casi coregrafiado a “cámara lenta” que sirve como declaración de intenciones estilística y temática, nos damos cuenta de que ésta va a ser una película entendida como un ejercicio de estilo clásico, con una elegancia sobria que persigue la distancia, y donde el relato se va a tomar su tiempo en decir las cosas porque sabe que lo que cuenta es importante, y más importante todavía que lo que cuenta tenga tiempo de instalarse. Sirviéndose de abundantes planos largos y con un ritmo pausado pero siem-pre sostenido, Cronenberg llama la atención sobre todo por la habilidad con que resuelve algunas secuencias memorables a través de composiciones que se basan en una evolución física de los personajes en el espacio cargada de significado sin necesidad de que medien diálogos. Algo que podemos comprobar también en el desaforado encuentro sexual que mantiene el matrimonio en la escalera de su domicilio —Cronenberg en estado puro—, en ese otro instante en que el protagonista sale corriendo de la cafetería para proteger a los suyos del peligro que acecha, o en la magnífica escena final, con esa familia reunida alrededor de la mesa que ofrece las señales irreversibles de su tragedia, y que pone broche de oro a esta muestra de talento en estado de gracia plagada de soberbios momentos.