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Río Místico

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T C M Jueves 08 de Febrero a las 23:45 Hs.
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Por Diego Lerer. - Diario Clarin

Nosotros enterramos nuestros pecados, Dave. Los lavamos hasta quedar limpios\", dice Jimmy, uno de los tres personajes principales de Río Místico, la tragedia disfrazada de policial que dirigió Clint Eastwood. Es claro que la frase tendrá importantes resonancias cuando la trama del filme vaya cobrando forma y derivando hacia lugares impensados.

Pero la tragedia se intuye desde el principio, ya que Clint nos mete directamente en el corazón de la historia. Jimmy, Dave y Sean son tres chicos de un barrio de clase trabajadora de Boston, que juegan en la calle al hockey y se divierten escribiendo sus nombres sobre el cemento fresco cuando un auto se detiene frente a ellos. Haciéndose pasar por policías, dos hombres se llevan a uno de ellos (Dave, el más tímido) hacia un destino que no es la comisaría. En realidad, se trata de dos abusadores de menores que lo tendrán secuestrado varios días (en escenas que el filme tiene la delicadeza de no mostrar) hasta que el chico logre escapar.

De ahí, el filme salta tres décadas. Jimmy (Sean Penn), el más duro del grupo es ahora un hombre casado, con tres hijos, de quien pronto sabremos más cosas. Sean (Kevin Bacon) se ha convertido en policía y su esposa lo ha abandonado pocos meses atrás, y embarazada. Y Dave (Tim Robbins) que quedó con un severo daño psicológico, trata de mantener a flote a su familia (mujer e hijo), pero camina con la angustiosa pesadez de alguien que ya no volverá a ser el mismo.

Si bien se han visto poco durante los últimos años, los tres se reúnen a partir de otra tragedia. Katie, la hija de 19 años de Jimmy, ha sido encontrada muerta tras una despedida con sus amigas. Ella planeaba fugarse con su novio a Las Vegas, para casarse, pero algo sucedió y su cuerpo terminó tirado en un zanjón.

El angustiado Jimmy retomará sus hábitos juveniles (estuvo preso y tiene compañías no muy presentables) para encontrar al asesino. A Sean le darán para resolver el caso. Y Dave aparecerá en su casa, la noche del crimen, con las manos ensangrentadas y un corte en el pecho. Así, el círculo comenzará a cerrarse.

Como en sus últimos filmes, Eastwood toma un best-seller popular y trabaja sobre él de una manera única, diferente a la mayoría de los \"adaptadores\". Como ese talentoso músico de jazz que es, procede con el relato como lo haría con un standard musical: toma su melodía principal y planea sobre ella a placer, estirando y acortando escenas, poniendo el acento en los lugares menos pensados, eludiendo los clisés y los recursos visuales standard del filme de género (la iluminación claroscura, los ángulos y cortes impactantes, la música in crescendo) para explorar áreas más ambiguas, intrigantes y densas.

Los crímenes que se sucederán son también ?y acá es donde el filme se dispara hacia una tragedia shakespereana? metafóricos de una cultura que funciona a partir de lazos tribales, en donde la violencia sobre el más débil y la venganza convertida en virtud, son vistas como recursos naturales. En el filme hay tiempo para analizar las vidas familiares de cada personaje, encontrando allí varias de las razones que definirán el curso del relato.

Está también en la maestría del guionista Brian Helgeland quien, como lo hizo en Los Angeles: al desnudo, sabe encontrar esos momentos y emociones que un adaptador clásico evitaría. Acá, el combo Eastwood/Helgeland construye escenas largas, densas, donde los personajes van revelando su naturaleza, sus conexiones y sus daños emocionales.

Es un filme para el lucimiento actoral y éste, sin duda, será el año de Sean Penn, quien vuelve aquí a dejar en claro que es uno de los mejores, si no el mejor, actor de su generación. Lo de Robbins es un trabajo de composición apabullante. Y tres roles secundarios merecen destacarse: Laurence Fishburne, aligerando las cosas como el policía que acompaña a Bacon; Marcia Gay Harden como Celeste, la atormentada mujer de Dave; y Laura Linney quien, en el rol de la esposa de Jimmy, tendrá una conmocionante escena sobre el final que resignificará buena parte de la película.

Hay una serie de malentendidos acerca del filme, malentendidos que, acaso, terminen sirviéndole para ganar varios Oscar. No se trata del mejor filme de Eastwood desde Los imperdonables (Un mundo perfecto, Jinetes del espacio y Poder absoluto están a su altura) ni tampoco está mejor actuado, y ni es, mucho menos, una defensa de la venganza como mecanismo de supervivencia. Al contrario, en su poderosa media hora final, a la que se llega por acumulación de detalles y tensiones, la película se integra claramente a la línea llevada por Eastwood en la última década, una en la que la venganza es el último acto de desesperación, la continuidad de un círculo imposible de cortar cuyo objetivo ulterior no es otro que instalar la ley del más fuerte.
Por Fernando Varea

De la novela en la que está basada su película, a Clint Eastwood le atrajo, según sus propias declaraciones, \"el hecho de que las repercusiones de algo que ha sucedido en la infancia repercuta tan fuertemente en la etapa adulta, por una cuestión del destino\". Así es como tres amigos parecen condenados a repetir, de adultos, las actitudes asumidas al atravesar una experiencia traumática en su niñez: uno (Tim Robbins), el miedo y la inseguridad; los otros (Sean Penn y Kevin Bacon), la culpa y la complicidad. Una investigación policial para encontrar a los responsables de un asesinato, es el medio para reflexionar sobre estas cuestiones. Las buenas actuaciones y la tensión dramática de muchas escenas, logran que la historia se siga con interés, y hasta con temor, por las derivaciones que va tomando. Como director Eastwood ha hecho cosas mejores (\"Cazador blanco corazón negro\", \"Los imperdonables\"), pero su \"Río místico\" no deja de ser un proyecto respetable, una película seria.