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EN CARTÉL | CARTELERA DE CINE
El Hijo (2002)

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Por Martín Giacone

Los hermanos Dardenne nos ofrecen otra joya plenamente imbuida del tono social y de la factura realista que caracterizaba a \"La promesa\" o a \"Rosetta\". No es un cine fácil de ver, pero respira compromiso y calidad cinematográfica en cada uno de sus planos.
Es una historia de personajes, a los que se mira con piedad porque se adivina lo que bulle por dentro, sus deseos de vivir la vida a pesar de los pesares, superando unas circunstancias difíciles, y en búsqueda de la dignidad. Con cámara nerviosa y al hombro que recorre obsesivamente los pasillos y recovecos –imagen del laberinto mental del protagonista–, con abundantes primeros planos y el objetivo situado en la nuca del personaje, con un ritmo endiabladamente lento y con escasísimos plano-contraplanos, se nos deja ver la duda y perplejidad de Olivier, un maestro de ebanistería que acaba por aceptar a uno de esos chicos, delincuentes prematuros, que se acogen a un plan de reinserción social mediante el aprendizaje de un oficio. El espectador intuye algún misterio en esa relación, por el peculiar comportamiento de Olivier observando y siguiendo al joven aprendiz antes de aceptarlo a su cargo. El primer punto de giro del guión nos descubrirá su identidad para seguir profundizando en la relacion entre ambos.
Aparte de darnos toda una clase de carpintería y de buen trabajar, cuidando cada uno de los detalles del oficio –como corresponde a un buen maestro–, se nos ofrece una mirada re-conciliadora y esperanzada en la difícil tarea de recuperar a individuos a los que el ambiente –o la falta de afecto en su ambiente, con familias desechas– los coloca en la situación de tirar sus vidas por la borda. A la crítica a la política social llevada a cabo por las instituciones, se añade una solución encarnada en una figura paterna que quiere olvidar el pasado y perdonar, asentar su vida en valores positivos para intentar formar a un alguien, para dar lo que tiene y así perpetuarse en el tiempo. Un deseo natural y razonable que vio truncado con la muerte de su hijo y que ahora busca poder desarrollar –y llenar así un hueco, a la vez que se redime– con un nuevo “hijo”.
El estilo sigue la senda austera y desnuda, en buena línea bressoniana o del mismo Resnais, con una exposición narrativa hermética y conceptual, con una estudiada planificación de unos planos llenos de simbolismo. En una de las fases de aprendizaje, Olivier lleva a Francis al aserradero para enseñarle a reconocer cada madera, con sus características y utilidades, con lo que viene a darnos su propia filosofía de la vida, en la que es de gran importancia conocer bien el interior de las personas, para sacar de dentro lo mejor que tienen. Los diálogos son los indispensables, pero los silencios hablan por sí solos y nos permiten descubrir los pensamientos de Olivier, su herida del pasado aún no curada y sus intentos por construir su vi-da en servicio de los demás. Con una trama mínima y bien dosificada en torno a dos ejes que impulsan la historia narrativamente, la labor de casting es acertada en la elección de un sobrio y a la vez expresivo Olivier Gourmet que lleva el peso de la película y aguanta primerísimos planos con una naturalidad asombrosa, a la vez que consigue hablar con gestos y con el mismo cuerpo, en todo un ejercicio interpretativo que raya la perfección.
Una lección de carpintería como trasunto de otra personal, en un intento por acercarse a un problema serio de nuestro tiempo afrontado con valentía y realismo. Y una lección de buen cine, que exige, sin embargo, del espectador esfuerzo y calma para penetrar en situaciones llenas de hondura y dramatismo. Una lección también sobre cómo realizar una obra de arte con escasos recursos y un mínimo pero estudiado guión (película ideal para que los aprendices de cine tengan esperanza alguna).