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El Código Da Vinci

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Por Tomás Sala

La sensación que deja El código Da Vinci luego de sus extensos 160 minutos es la de haber visto un thriller, otro más made in Holliwood; con mucha acción y algo de suspenso, pero un thriller a fin de cuentas. Lo que sucede en este caso es que el filme está basado en el bestseller más polémico de los últimos tiempos, al tope en la lista de los más vendidos desde el año 2003 y hasta la actualidad. Si en su momento \"La pasión de Cristo\" despertó la curiosidad de millones de espectadores, la religión hoy vuelve a ser parte de un negocio cinematográfico tan factible como redondo. En manos del productor Brian Grazer, el director Ron Howard y el guionista Akiva Goldsman, ganadores del Oscar por \"Una mente brillante\", llega a los cines esta trama muy criticada por la Iglesia y el Opus Dei, y también por muchos católicos. Es que, según el libro de Dan Brown, adaptado prolija y friamente por Goldsman, Jesús estuvo casado con María Magdalena, quien llevaría en su vientre el linaje de un Jesucristo mucho más cercano a un ser terrenal que a uno divino y perfecto. Este secreto, indudablemente, pondría en la cornisa el poder y la inmunidad de la institución sagrada más poderosa que hay, la Iglesia, y por ello, en esta trama llena de códigos, enigmas y documentos sagrados, se desata una guerra en la que todo vale “en nombre del Señor”.

Sin dudas, quien haya leído la novela, se encontrará con una historia demasiado sintética y vertiginosa, a un ritmo en el que todo se deduce según los tiempos cinematográficos, lo cual le resta credibilidad y hasta emoción a cada uno de los momentos cúlmines. Así, ni bien el profesor Langdon (Tom Hanks) se entera de que es el principal sospechoso de la muerte del último gran maestre del Priorato de Sión, comienza una fuga junto a la criptóloga Sophie Saùniere, sin resistirse demasiado y transformándose en un poco creíble compañero de aventuras, que mientras huye de la policía, aún le quedan fuerzas para dar una clase de simbología a la nieta del gran maestre, Sophie (interpretada por Autrey Tautou). Esta cuenta con un rol importante, pero su forzado inglés y sus gestos fríos e impostados le quitan calidez. El resto del elenco se mueve cómodamente en el relato, desde el Obispo, pasando por su fiel servidor Silas, el jefe de policía, Fache, hasta el mismísimo Tom Hanks. Quien tal vez cuenta con un personaje que va in crescendo, y no lo desaprovecha, es Ian McKellen, como el excéntrico historiador Leight Teabing. McKellen casi sobreactúa al comienzo, pero a medida que crece la tensión del relato, aprovecha los matices que le brinda el personaje y sobre el final sus dotes actorales salen airosos.

Esto es El código Da Vinci, no más. Un buen entretenimiento, fiel a la estructura del libro, que en cada escena nos brinda una nueva clave para llegar al misterio final, develado como siempre cuando se cree que todo está perdido. No es una película trascendental, ni busca serlo, sólo cumple lo que se propone: contar una historia atractiva y provocativa, sin la necesidad de aclarar que es un hecho ficticio, y que cualquier parecido a la realidad es pura coincidencia.