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El Arca Rusa

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Por Diego Lerer. - Diario Clarin

Hay varias formas de abordar un filme de la complejididad estructural, temática, estilística y teórica de El arca rusa, suerte de summa cinematográfica para un cineasta como Alexander Sokurov, acostumbrado a desafíos estéticos de todo tipo, como se vio en sus abrumadoras elegías fílmicas tanto de ficción como documentales.

El arca rusa es, se ha dicho hasta el hartazgo, una proeza fílmica en cuanto a su peculiar formato: se trata de el más largo plano secuencia jamás filmado, uno que recorre más de treinta habitaciones del Museo del Hermitage, que era también la antigua residencia de los zares. A lo largo de su pirueta imposible, la cámara recorre no sólo el museo sino 300 años de historia rusa, del siglo XVIII hasta el presente, encontrando en los distintos salones, teatros, patios y pasillos del monumental edificio las obras maestras recolectadas allí por los zares y a los mismísimos personajes históricos.

Sokurov propone el relato como un sueño en el que la cámara (que son los ojos del Narrador, de quien sólo se escucha su voz, la del propio director) parece despertar en una mañana invernal en algún momento del siglo XIX y, sin saber bien qué sucede, comienza a seguir a varios personajes a través del edificio sin que ninguno note su presencia. Unos minutos después, un extravagante Marqués de origen francés (inspirado en el Marques de Custine, que vivió en Rusia durante el siglo XIX y escribió textos críticos de su experiencia allí) lo mira directamente e inicia con él un recorrido que será, también, un debate sobre la historia y cultura del país, en el que se opondrán dos puntos de vista: uno crítico y ácido frente a otro acaso más nostálgico.

Además del impacto visual que para cualquier interesado casual en la propuesta cinematográfica de Sokurov causará el impresionante despliegue de vestuarios de varias épocas, la exhibición de obras maestras de artistas célebres (El Greco, Rembrandt, Van Dyck, Rubens, etc.) y el sobrecogedor impacto del último Gran Baile Real que tuvo lugar allí antes de la revolución bolchevique (al son de una mazurka de Glinka interpretada por la Orquesta del Teatro Mariinsky conducida por Valery Gerviev), El arca rusa ofrece un recorrido crítico por personajes de la historia del país, a través de pequeñas escenas ?viñetas, casi? de momentos de la vida de Pedro el Grande, los zares Nicolás I y II, y Catalina la Grande.

Pero si bien la proeza fílmica es más que evidente, el mérito real de El arca rusa depende menos del despliegue escénico y la hazaña Libro Guinness, que de la idea teórica y la fascinante alquimia visual que se produce en el momento cinematográfico. A su manera, Sokurov logra combinar estéticas y teorías enfrentadas para configurar un discurso único y aportar conceptos que merecerán ser debatidos a lo largo del tiempo.

En su nostalgia crítica por un tiempo perdido (y reemplazado por una \"convención que duró 80 años\", tal como el Narrador describe a la etapa comunista), Sokurov ?como lo hiciera su par Tarkovsky? prefiere respetar la respiración, el flujo del tiempo real oponiéndose a las agresivas teorías de montaje que son centrales a la escuela soviética (Eisenstein, Pudovkin, Kuleshov), cuyos postulados procedían de una lectura estética de la dialéctica marxista.

Ahora bien: no hay tiempo real en los 300 años que recorre el filme en 90 minutos, si no un tiempo onírico en el que multiples capas de fantasmas coexisten, como si el sueño baziniano del realismo a través del plano secuencia pudiera ampliarse hacia lo metafísico. Sokurov no apuesta por un realismo fotográfico sino por uno espiritual, armando en su filme una elegía de tiempos idos en el que uno no puede evitar sentir compasión por esas almas condenadas a hundirse en el tiempo y a flotar eternamente por el museo.

Pero esto no debería ser confundido por una nostalgia por los tiempos imperiales, ni una oda a los zares. Sokurov prefiere dejar su entramado dialéctico ?el verdadero montaje del filme? a las conversaciones que tiene con el Marqués, diálogo en el que el tiempo de los zares, y su mezcla de despotismo y pretensión cultural, es debatido.

Casi como Titanic ?película a la que se asemeja hasta conformar su inverso exacto?, hundido en 1912, El arca... tiene su punto culminante en un ballet que tuvo lugar en 1913. El filme culmina con un plano del río Neva, donde la aristocracia se hundirá y dará paso a otra etapa, y a otra, en una inacabable cadena en la que lo único que parece sobrevivir, en eterna flotación, es ese misterio insondable que algunos gustan definir como \"el alma rusa\".

EXCELENTE
Por Fernando Varea

Recorrer parte de la historia de Rusia desde el punto de vista de un personaje sorprendido que se pasea ?sin que lo vean- por el mítico Palacio de Invierno de San Petersburgo, encontrándose con personas de distintas épocas, es indudablemente una idea interesante. Que esa idea se haya plasmado (gracias a las posibilidades del video digital) mediante una sola toma subjetiva de 90 minutos, es, además, una proeza técnica y un alarde de virtuosismo. Allí se centra el valor principal de esta película: en lograr entrometerse como un fantasma en antiguos bailes y actos oficiales, entre monarcas y soldados, así como entre actuales visitantes del imponente lugar convertido en museo.
Es notable la sensación de vivir ese extenso plano secuencia como un vuelo o un sueño. Pero tal vez por eso mismo al film le falta vida, sangre, emoción, energía. El persistente blanco de las paredes y la nieve acentúa esa frialdad. No ocurría lo mismo en ?Madre e hijo? (la única película de Sokurov estrenada anteriormente en nuestro país), donde el realizador se expresaba a través de los colores y los sonidos de la naturaleza.
Los dos personajes principales (el invisible protagonista y un diplomático francés con quien comparte esa aventura onírica) intercambian algunas reflexiones irónicas, por ejemplo sobre cierta nostalgia de los europeos por la monarquía, pero la visión es más contemplativa que crítica. En cierta manera, termina resultando ambiguo ese encierro, esa opción de mirar a la antigua Rusia ignorando lo que se vivía de las puertas del Palacio para afuera.