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Ay Juancito!

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Por Fernando Varea

Se trata de esos productos cinematográficos que se revisten de importancia sólo por referirse a hechos históricos controvertidos o a personalidades conocidas. De esto Héctor Olivera sabe bastante: varios de sus trabajos quedaron en el recuerdo por haber recreado episodios polémicos de la historia argentina reciente, y no por eso fueron buenas películas. Aquí se ocupa de Juan Duarte (interpretado por el galán disfónico Adrián Navarro), play boy que, siendo hermano de Evita y secretario privado de Perón, se movió con comodidad y sin escrúpulos para pasarla bien, hacer favores y conquistar actrices (entre ellas, Elina Colomer y Fanny Navarro, a quienes no se nombra, aunque los personajes de Inés Estévez y Leticia Brédice aluden indudablemente a ellas), hasta terminar vencido por la enfermedad, las sospechas y la muerte trágica en 1953. Echar una mirada al peronismo de aquélla época a partir de este personaje implica, desde ya, una toma de posición; pero, si bien centrarse exclusivamente en los aspectos frívolos y corruptos de ese gobierno puede ser válido, es, también, parcial. En todo caso, ?Ay, Juancito? encantará a los antiperonistas y desorientará a los más jóvenes, que si juzgan ese proceso político por lo que muestra el film, les costará entender por qué tenía tanta adhesión de los sectores más humildes de la población. Los perspicaces comentarios que Juan Pablo Feinmann volcaba en los guiones de otras películas que miraban al pasado (?Eva Perón?, ?Facundo, la sombra del tigre?) aquí se extrañan. Hay, también, falencias de otro orden. En una época agitada, con nutridas manifestaciones populares, por ejemplo, no parece lo más adecuado que en casi todas las escenas no se crucen más de dos o tres personajes, o que no aparezcan obreros ni sindicalistas. Alternar imágenes de una actriz manteniendo relaciones sexuales con Duarte y escalando en el mundo del cine, o acentuar con la música ciertas palabras de los diálogos melodramáticos del final, son recursos gruesos y anticuados. Es innegable que la reconstrucción de época estuvo a cargo de profesionales responsables, pero no deja de percibirse cierto acartonamiento, cierta falta de rigor en esa reconstrucción del pasado, con un ejemplo muy evidente en la Evita menuda de Laura Novoa junto a su madre, una Doña Juana demasiado parecida a Norma Aleandro.