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Crítica | Opinión
El Gran Hotel Budapest

La Cuerda del disfrute cinematográfico:

Hoy por hoy el señor Wes Anderson resulta ser uno de los mas acabados, personales y extraordinarios narradores con capacidad y talento para ver y gozar en el cine. Con algunos mejores y otros menores títulos, el tipo aprovecha su capacidad convocatoria para llenar de buenos y geniales actores sus obras, aún a sabiendas que algunos apenas cruzarán ante la cámara para disparar alguna cosa.
Aquí abreva en contar tres historias que tienen un hilo entre si en tres épocas distintas -1985, 1968 y 1930-, y cuyo fondo es el pintoresco hotel del título que esta situado en un improbable sitio montañés de la no menos inexistente República de Zubrowka, con la historia de un conserje (estupendo Ralph Fiennes) y su discípulo casi niño, y tomando como basamento alguna idea del escritor Stefan Zweig (1881-1942). Mezcla de disparatada comedia negra, con algún crimen por resolver, con equívocos del voudeville francés, o cierto toque refinado a la "Ernst Lubitsch", y hasta arrimándose a fuentes como pueden ser: Buster Keaton, los fantásticos enredos de Blake Edwards o los Hnos. Marx.

En su multitudinario elenco se pueden mencionar la relevante caracterización de Tilda Swinton, las máscaras de Harvey Keitel y Willem Dafoe, la sobriedad de Jude Law y F. Murray Abraham, y casi ningún otro hay que desentone, pero repetimos el gran protagónico es el de Fiennes, marcado más arriba. Que Anderson siga filmando, zarpándose, probándose, mintiéndonos de manera tan gentil, que buena falta hace en este planeta fílmico donde la repetición y la copia barata sigue estando a la orden de la claqueta.

Luis María Fittipaldi