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EN CARTÉL | CARTELERA DE CINE
Cruzada

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Por Martin Giacone

Parece ser que el realizador Ridley Scott ha encontrado, de modo definitivo, su lugar en Hollywood. Autor de films notables como Los duelistas (1977), Alien (1979), o la incomparable Blade Runner (1982), Scott hubo de tener un período oscuro, signado por películas intrascendentes como Corazón de héroes (1996) o G. I. Jane (1997), para luego repuntar como uno de los directores más proclives a la dictadura comercial de la industria, periplo que se inicia con Gladiador (2000), continúa con Hannibal (2001), La caída del halcón negro (2001), Los tramposos (2003), y concluye con el estreno de Cruzada.
En Scott puede advertirse el progresivo abandono de un destacado nivel autoral, presente en Los duelistas o en Blade Runner (cuya visión parcial, debido a su muerte, provocó la admiración del propio Philip K. Dick, autor del texto original), para caer en las redes de Hollywood y sus superproducciones, abundantes en despliegue y en estrellas, aunque deudores, al mismo tiempo, de centro de interés. En Cruzada Scout revive la tendencia de manejar temas polémicos en sus argumentos, esta vez, de tipo religioso, entre cristianos y musulmanes y apuesta a la comprensión de las diferencias religiosas desde una ingenuidad que asusta. El perfil del representante del cristianismo es preocupantemente risueño e irrelevante.
El valor histórico del film (por supuesto desde una visión políticamente correcta) no es más que un pretexto para la confección de magnificentes planos generales, batallas sangrientas siempre filmadas de la misma manera (cámara lenta, música melosa con coros y cuidada fotografía) y contar la historietita del héroe intransigente que se enamora de la princesita. Hijo bastardo de un noble, Balian (Bloom) se propondrá expiar sus pecados y los de su esposa (que se suicida), seguir los pasos de su padre y serle fiel al pueblo de Jerusalén, tierra sagrada y de conflicto entre cristianos y musulmanes. Orlando Bloom sigue la tradición de los galanes épicos Pitt-Farrel-Crowe cuyo aporte actoral es nulo y además está durante toda la película con el ceño fruncido; pobre, no?. El villano de turno es por demás de aburrido y carece de intensidad. El resto del staff no propone nada interesante y están demasiado caricaturizados (Edward Norton tiene toda la película una máscara).
En síntesis, la película transita los mismos carriles de los últimos films épicos. Frases sentenciosas y solemnes para exaltar el honor y el valor de los que pelean por una causa noble, escenarios pomposos con gran cantidad de extras, historias que amagan hilvanar una trama eficaz y potente para luego diluirse en una anécdota con moralina, buena voluntad, lecciones sobre el destino y las pequeñas decisiones que tomamos y nebulosas intenciones de reconstrucción histórica.