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| Crítica de Una novia errante |
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Inés tiene los ojos llorosos, le hace algunas preguntas a Miguel (novio), quien viaja a su lado, a las cuales él responde indiferente. Se desata una discusión “inconsistente” (palabra con que ella definirá a su pareja en varias oportunidades a lo largo de la película) que parecería no venir, ni ir hacia ninguna parte. Luego de escasos minutos ella se baja del ómnibus y Daniel Hendler (Miguel) no aparece más en la pantalla, pero sí su voz en el teléfono. La cámara (siempre en mano, tambaleante- como el ánimo de la protagonista-) sigue a Inés que comienza a caminar y llega a Mar de las Pampas. Ella cree que se encontrará con él en el hotel pero nada de eso sucede. Está sola, y experimenta unas extrañas mini-vacaciones en esa pequeña ciudad junto al mar. Acepta algunas invitaciones que le hacen la encargada del hotel y un tirador de flechas, al que conoce casualmente. Cuelga el orgullo llamando innumerables veces a Miguel desde una cabina. Llora, insulta, cuelga y vuelve a discar. Inés interactúa con gente del lugar y por momentos tal vez el público imaginará que puede suceder lo que nunca ocurre, como por ejemplo en la caminata por el bosque junto a Carlos Portaluppi (-German- personaje que logra por algunos minutos alejar los pensamientos de ella de sus problemas con Miguel). Ana Katz, guionista, directora y actriz de la película logra crear un personaje fresco y verosímil que generará empatía en varias espectadoras y la apatía en tantas otras que de ninguna manera avalarían tal comportamiento en la vida real de esta novia errante. Un cine hecho por una mujer hacia la identificación y deleite de muchas mas. Maria Eugenia Petronilli
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